Ricos interiores

El castillo, su decorado

La creación de un decorado real


El castillo de Pau, monumento histórico convertido en Museo nacional a finales de los años 1920, aloja colecciones tan ricas como diversas: pinturas, esculturas, dibujos, estampas, porcelanas, tapicerías, mobiliario… La decoración interior del monumento, residencia real totalmente reacondicionada bajo la Monarquía de Julio (1830-1848), demuestra un verdadero programa artístico que contribuye a la afirmación de una legitimidad política. Objetos y obras de arte, regularmente adquiridos para las colecciones desde comienzos del siglo XX, evocan la historia política, religiosa y artística del reino del primero de los Borbones, Enrique IV, y la importancia de su recuerdo y de sus representaciones.
 

Salas y apartamentos históricos


La sala de los cien cubiertos


Esta sala, situada en la planta baja del monumento, es con razón una de las más famosas del castillo: tan solo podemos estar impresionados por sus amplias proporciones, su rica decoración de tapicerías, sus arañas de estilo holandés y brazos de luz en bronce dorado y su inmensa mesa de roble y pino en la que se podían instalar un centenar de comensales, por ello su nombre. El tablero de la mesa, colocado encima de caballetes, se desmonta por completo. Con las sillas en roble girado, entregadas en 1841 por el ebanista Jeanselme, constituye el único mobiliario de esta sala, marcando bien el destino deseado por Luis-Felipe para este espacio: un comedor de gala. Decorando los muros, de tapicerías de Gobelins, que forman parte de las colgaduras de los Meses Lucas y de las Cazas de Maximiliano, por sus tonos de verde y las ambientes de sotobosque que se desprenden, prolongan el espectáculo ofrecido por los cerros lindantes, hacia los que abren unos amplios ventanales. Desde el Segundo Imperio, una imponente estatua en mármol de Carrara, encargo de la reina María de Médicis en 1605 al escultor Pierre de Franqueville, que representa a Enrique IV en triunfador, aplastando los restos de sus enemigos, domina este espacio.
 

El gran salón de recepción


Hasta el siglo XIX, el gran salón de recepción forma, junto al salón de espera, el “tinel”, gran sala de gala del castillo donde se reúne, en la Edad Media, la Cour Majour (asamblea de nobles y del clero del Bearne), convertida a finales del siglo XV en sala del trono de los reyes de Navarra. La chimenea en piedra del siglo XVI ha sido totalmente recuperada en el siglo XIX, durante obras de renovación del monumento bajo Luis-Felipe. Todo es suntuoso en el salón de recepción decorado bajo la Monarquía de Julio: podemos admirar el techo de artesonados, en los que alternan las cifras, doradas con hojas de oro, de Margarita (Margarita de Angoulême) y Enrique (Enrique II de Albret, rey de Navarra), los abuelos de Enrique IV. Las arañas monumentales, inicialmente destinadas a la Galería de las cruzadas del castillo de Versalles, obras de los lampareros y bronceros del rey Chaumont y Marquis, fueron realizadas hacia 1840. La disposición del mobiliario ofrece el acertado ejemplo de la ordenación ceremonial de un salón de residencia real, en la primera mitad del siglo XIX. La variedad fue introducida en esta decoración por los elementos decorativos, tapicerías de Gobelins (colgaduras de los Meses Lucas), estatua de bronce de Enrique IV de niño por el escultor François Joseph Bosio (1768-1845), decoración pintada con los jarrones etruscos en porcelana de Sèvres, en constante referencia al primer Borbón y a su época.
 

El apartamento de la emperatriz


Gabinete, habitación, sala de baño y guardarropa para el uso de la soberana, antecámara, habitación de criados y vestidor (destinado a la ropa y trajes) forman un verdadero pequeño apartamento íntimo, tras el fasto de las grandes salas de gala. El apartamento ha sido inicialmente acondicionado bajo Luis-Felipe para su esposa, la reina María Amalia, pero la pareja real nunca vino a Pau. Fue Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, quien lo utilizó verdaderamente, por ello su denominación. Adepta al termalismo y a los baños de mar, la emperatriz Eugenia contribuye en hacer que se vuelvan a descubrir los placeres del agua y se detiene en dos ocasiones en el castillo de Pau, en sus trayectos entre el Bearne y Biarritz. Por ello su apartamento permite evocar algunos aspectos de la vida cotidiana en el siglo XIX, aunque fuera al estilo de los príncipes: objetos de aseo, en suntuosa porcelana de Sèvres o simple porcelana blanca, orinales, orinales bourdalou, botes, palanganas, jaboneras, están presentados en la antecámara y en el gabinete.
 

La habitación del rey


Aunque la habitación en la que efectivamente nació Enrique de Navarra en 1553, se encontrase sin duda en la planta inferior (actual Salón de familia), esta estancia fue diseñada en el siglo XIX para servir de relicario de un objeto insólito: el famoso carapazón de tortuga, cuna legendaria del pequeño Enrique, futuro Enrique IV. Entre historia y leyenda, este carapazón está venerado en Pau, por lo menos desde el siglo XVIII. Se salva casi por milagro de la destrucción durante las horas más agitadas de la Revolución Francesa, y en 1821, Luis XVIII la dota de su actual decoración de lanzas, casco ornado con un penacho blanco de plumas de avestruz, bordados y estandartes con las armas de Francia y de Navarra. Luis-Felipe, durante las obras que lleva a cabo en el castillo de Pau, hace acondicionar esta habitación natal artificial, alrededor del carapazón, entonces objeto de un verdadero culto. Cama decorada con sesenta y cuatro retratos de reyes, tapicerías de los Meses, arabescos tejidos en los Gobelins y que llevan los efigies de dioses romanos, inscripción encima de la chimenea neo-Renacimiento, aquí todo evoca la grandeza y el destino fuera de lo común del primer rey Borbón.