El castillo

Un monumento, una historia

Del castillo al museo

Erigido en el centro de la ciudad, frente a los Pirineos, encima de un espolón rocoso que domina el río Gave, el castillo de Pau es el monumento emblemático de esta ciudad y su evolución está estrechamente relacionada con ella.

Castillo feudal, convertido a lo largo de los siglos en palacio real, imperial, nacional y posteriormente en museo, el castillo de Pau ofrece a sus visitantes una verdadera inmersión en la historia, local y nacional.

La arquitectura del monumento demuestra una larga historia de más de mil años. De la Edad Media al siglo XIX, los siglos han dejado sus huellas en sus muros y en sus decoraciones. Son muchas las figuras históricas que marcan este lugar y por encima de todas, la de Enrique IV, primer rey de Francia y de Navarra que nace aquí el 13 de diciembre de 1553.
 

El castillo feudal


La primera mención conocida del castillo de Pau se remonta al siglo XII, pero es probable que una fortificación haya sido edificada ya en el siglo X, encima del espolón rocoso que domina el río Gave de Pau y uno de sus afluentes, el río Hedas. Este edificio estaba sin duda rodeado por una empalizada de madera, en bearnés un “pau”, término que hubiera dado su nombre a la ciudad.

Esta primera obra fortificada fue progresivamente ampliada y reforzada por los vizcondes de Bearne. Tres torres así mismo proceden de los siglos XII-XIII: la actual torre Mazères, al sur, de 22 m 30 de alto, con muros de 1 m 65 de espesor, la torre Billère en el oeste y, en el norte, la torre del homenaje Montauser que se encontraba entonces en el interior del recinto del castillo.
 

La fortaleza de Gastón Febus


En la segunda mitad del siglo XIV, el castillo de Pau fue radicalmente transformado por Gastón III, conde de Foix y vizconde de Bearne (1343-1391). Este personaje fuera de lo común ha pasado a la posteridad bajo la denominación de “Gastón Febus”, apodo que él mismo había elegido, en referencia a su cabello rubio. Gran noble fastuoso, aficionado a la caza, la música y los libros, hábil administrador y astuto político, Gastón Febus es uno de los principales protagonistas de una época terrible, la Guerra de Cien años.

Este príncipe aprovechó los disturbios para incrementar su fortuna y sus dominios, por los que se esmera en asentar su independencia respecto a los reyes de Aragón, Inglaterra y Francia. Afirmará de este modo haber obtenido su vizcondado de Bearne “solo de Dios y de [su] espada”. Su proyecto, inacabado a su muerte, de crear un verdadero estado pirenaico de Foix hasta Pau, le empuja a una intensa actividad de constructor: hace edificar o ampliar varios castillos en sus tierras para protegerlas de sus enemigos.

El castillo de Pau, en el que no obstante Febus reside poco, no se salva de estas obras y se transforma bajo su reino en una ciudadela inexpugnable. Influenciado por la arquitectura civil de mediados del siglo XIV, como el Palacio de los Reyes de Mallorca en Perpiñán, el arquitecto y jefe de obras de Febus, Sicart de Lordat, eligió el ladrillo, material flexible y fácil de utilizar para construir la pesada y alta torre del homenaje Febus de 33 metros de alto y la torre llamada en la actualidad “de la Monnaie” (de la Moneda), al pie del castillo. Un sistema de tres recintos sucesivos, de plataformas inclinadas y de puertas enrejadas refuerza todavía más el dispositivo defensivo. En el castillo de Pau, como en las demás construcciones bearnesas de este príncipe, la inscripción “Febus me fe” (Febus me hizo) demuestra una vez más la aportación esencial del “conde sol” a este monumento.
 

El castillo de los reyes de Navarra


La fortaleza inexpugnable deseada por Gastón Febus fue remodelada en diversas ocasiones por sus sucesores. Las mayores transformaciones se realizaron bajo el reino de Gastón IV de Foix-Bearne (1423-1472): hizo coronar las torres con altos tejados de pizarra, realzar el edificio sur de una planta, abrir numerosas ventanas con parteluces de piedra coronadas por tragaluces simples que todavía podemos observar en el edificio norte. Por su matrimonio con Leonor de Navarra, Gastón IV permite a los condes de Foix llevar la corona real: su nieto Francisco Febus será rey de Navarra en 1480.

Además, fomenta que Pau sea capital del Bearne y en 1512, cuando Catalina de Navarra y su esposo Juan de Albret fueron expulsados de Pamplona y se replegaron en sus territorios franceses, encontraron naturalmente refugio aquí. Convertido en palacio real, el castillo de Pau pierde su vocación defensiva y se abre a las innovaciones arquitectónicas del Renacimiento. Fue bajo el reino de Enrique II de Albret y de su esposa, Margarita de Angoulême, hermana del rey de Francia, Francisco I, que las transformaciones se aceleran: cocinas, escalera - una escalera recta, rampa sobre rampa, decorada con un friso de H y de M unidos por lazos de amor -, patio de honor decorado con medallones esculpidos, balcón del ala sur que permite disfrutar de la vista sobre los Pirineos... El palacio real modernizado, será mejorado con extraordinarios jardines, bajo el reino de Juana de Albret y de Antonio de Borbón. Fue en esta fastuosa residencia que nació su hijo, el futuro Enrique IV, el 13 de diciembre de 1553. El extraordinario destino de este rey no le permitirá residir mucho tiempo en su palacio natal. Cabe destacar sin embargo que fue bajo su reino que se construyó la puerta norte de los jardines, conocida en la actualidad bajo el nombre de puerta Corisande, bajo el impulso de Catalina de Borbón, regente del Bearne en nombre de su hermano.
 

¿La residencia real abandonada? (Siglos XVII-XVIII)


En octubre de 1620, el castillo es el escenario de un acontecimiento esencial en la historia del Bearne: la llegada a Pau del rey Luis XIII que hace registrar un edicto que fija la integración del Bearne y de Navarra al reino de Francia... y ordena llevar a París parte del mobiliario de gala y de la colección de pinturas que todavía se encontraba allí. Desde que se fue Enrique IV, se asignó la custodia del castillo a gobernadores. De 1623 a la Revolución, se suceden en este cargo miembros de la eminente familia de Gramont, natural de Bidache. Gastan mucho en sus esfuerzos de mantener el edificio cuyo estado se ha ido deteriorando debido a varios inicios de incendio y desprendimientos. En el siglo XVIII, se hace construir, al Este, un puente fijo, llamado Puente de Honor, para facilitar el acceso al edificio.
 

De la Revolución al Imperio


El castillo de Pau se preserva de la demolición bajo la Revolución Francesa “como un homenaje rendido por la Nación a la memoria de Enrique IV”. No obstante, fue asignado al alojamiento de las tropas, a partir de 1792, e incluso momentáneamente se le da otro nombre “Los Cuarteles” (1793). Por falta de mantenimiento, se encuentra en un estado lamentable, cuando Napoleón I llega a Pau el 22 de julio de 1808, con la emperatriz Josefina. El emperador no llevará a cabo sus proyectos de restauración del monumento, ni tampoco los Borbones al volver al trono de Francia en 1815.
 

Las obras de Luis-Felipe


Con la preocupación de vincularse con su glorioso antepasado Borbón, Luis-Felipe I (1830-1848), rey de los franceses, decide a su vez emprender la completa restauración del palacio de Pau. A partir de 1838, todos gremios profesionales se activan durante diez años, para devolver su lustre al viejo castillo de Enrique IV.

La decoración interior se recrea por completo, en el espíritu del Renacimiento, pero también cuidando la comodidad y la etiqueta de una corte real del siglo XIX. El edificio también se transforma: del lado oeste, se edifica un puente que conecta el castillo con la Planta Baja y el parque y se añade una torre facticia (la torre Luis-Felipe); del lado este, se transforma la parte delantera del edificio de la guardia en capilla, y se destruye el antiguo pasillo fortificado de la época de Gastón Febus.

Luis-Felipe no tiene sin embargo tiempo para acudir a Pau y las obras exteriores permanecen inacabadas, cuando se va al exilio a Inglaterra, tras la Revolución de 1848.
 

Napoleón III y el castillo de Pau


Le toca al emperador Napoleón III continuar la renovación del castillo de Pau. Aunque la decoración interior, ya casi completa bajo la Monarquía de Julio, solo se sometió a leves modificaciones, no sucedió lo mismo con el edificio: se retocan las fachadas, se restauran o recrean las esculturas del Renacimiento de los tragaluces, puertas y ventanas. Sobre todo se transforma la entrada principal, del lado este: el edificio bajo de la Cancillería, elemento vetusto, que cerraba el acceso a la ciudad se derrumba y se substituye por un pórtico diseñado por el arquitecto Ancelet y se flaquea con una torre de cuatro plantas, la actual torre Napoleón III.

Este pórtico, de un modelo arquitectónico y estilístico parecido a las grandes realizaciones del Renacimiento ofrece de este modo el fastuoso vínculo que faltaba entre el castillo y la ciudad. Napoleón III se interesa por el castillo de Pau, donde realiza estancias en varias ocasiones, siguiendo de cerca la evolución de las obras. Cuando el Imperio se derrumba en 1870, las obras no están acabadas y será necesario esperar todavía unos cuantos años para que finalice, bajo la III República, la gran campaña de restauración y de renacimiento del castillo de Pau, empezada en 1838.
 

Del palacio al museo nacional


Tras la caída del Segundo Imperio en 1870, el castillo de Pau sigue manteniendo durante unos años su vocación de residencia de prestigio, pasando a ser un palacio nacional para el uso de los presidentes de la nueva república. El presidente Sadi Carnot se alojará aquí en 1891. El gran jarrón de porcelana de Sèvres, que decora el comedor de los oficiales de servicio, se envía a Pau en recuerdo de esta visita. Pero muy pronto, la vocación de palacio se aparta ante la de museo, un lugar de memoria dedicado a Enrique IV y al famoso carapazón de tortuga que le abría servido de cuna. A los antiguos regidores del Palacio suceden conservadores. Se organizan conferencias y exposiciones y, es con total normalidad que en 1929, el castillo de Pau se convierte en museo nacional.
 

De renovación a restauraciones


Tras las obras del siglo XIX que han transformado radicalmente el aspecto del palacio de los reyes de Navarra, décadas siguientes, ya no es cuestión de derrumbar o reconstruir el castillo de Pau, sino de mantenerlo y modernizarlo. Las campañas de restauración del monumento se suceden, en la segunda mitad del siglo XX y continúan a comienzos del siglo XXI: tejados, fachadas y su decoración esculpida, puente y patio de honor... El castillo de Pau, tal y como nos lo han transmitido los siglos sucesivos, vive un verdadero rejuvenecimiento y recupera poco a poco su brillo.